Vivir en una isla llena de luciérnagas no implica que sea difícil perderse, de hecho esta isla está plagada de personas varadas. Muchos son marineros que perdieron el norte y terminaron en nuestra orilla, desorientados y famélicos. La señora Martin los recoge con mimo, los da algo de comer- un poco de sopa calentita para quitarles el frío del océano y algo de carne que da energía- y les busca una cama libre en el pueblo. Todos los que pasan más de una noche se quedan para siempre, presos de ese algo especial que tienen las callejuelas y las noches punteadas de luces. Olvidan su vida pasada sin pena y empiezan a construir una nueva sobre los adoquines y bajo los tejados de pizarra que cubren la villa.
Orestes llegó en plena tormenta y apareció acurrucado sobre las algas, era tan blanco que lo confundieron con una medusa...
Pues bienvenida, de nuevo.
ResponderEliminarErev.