miércoles, 14 de diciembre de 2011
El hombre medusa
Orestes estaba enredado entre las algas, con la cara escondida entre el verde oscuro. Lo encontraron al atardecer dos pescadores que volvían de faenar. Dicen que al sacudirle les miró con los ojos entornados, con sus ojos azules doloridos, y no dijo una palabra, ni siquiera para responder las preguntas que los dos hombres le hacían ¡tal vez un extranjero más que no entiende ni papa de español! Lo llevaron casi arrastras hasta la casa de la Señora Martin. Así seguía, sin decir una palabra ni emitir un solo gruñido, algún movimiento de cabeza. Será tonto, decían. Ya habían pasado meses desde que lo encontraron y a alguien se le ocurrió que debería pasarme alguna tarde a leerle algo, que tal vez recordara algún capítulo de su vida o le devolviera la voz, como si fuera un Dios de la palabra y resucitará al Lázaro mudo. No muy convencida de esto empecé a visitarle una hora todos los viernes.
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